PuentesVolumen 10Número 2 • mayo de 2009

Recobrar la gobernanza del comercio: imperativo en la reducción de riesgos globales


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Ricardo Meléndez Ortiz*

Las decisiones tomadas por el G-20, y en general, por la comunidad internacional, serán evaluadas en última instancia por su eficacia para resolver las deficiencias estructurales de largo plazo en nuestros patrones de crecimiento.

El mundo afronta un doble peligro: en cuanto a la economía mundial, el desplome de la confianza; en cuanto a la sostenibilidad global, las consecuencias de exigirle a la naturaleza más allá de sus posibilidades. Los líderes del G-20, junto con otros responsables de definir y gerenciar la solución de los problemas globales, deben sacar la economía mundial del embrollo actual y, a la vez, encausarla en un itinerario que nos permita cumplir objetivos de largo plazo, en particular el alcance del desarrollo sostenible. Consecuentemente, la acción ahora debe inspirarse y aferrarse a una visión compartida del futuro. El desarrollo sostenible, como construcción conceptual, encarna en esencia la esperanza, la base de la confianza; pero su alcance no se puede presumir, hay que forjarlo.  En este sentido, la gobernanza es factor decisivo del futuro.

En el mundo globalizado de hoy, el éxito requiere de acuerdos institucionales cooperativos a nivel internacional que promuevan la integración, la coordinación y la coherencia. Es imperativo que estos arreglos, dentro de una tradición rawlsiana de justicia, engendren un mínimo de bienes sociales primarios para los menos privilegiados, esencialmente oportunidades, libertades, ingresos, bienestar y riqueza (incluyendo patrimonio natural y ecosistemas y flujos de energía viables).

En tal escenario, el comercio internacional es y seguirá siendo uno de los principales factores, pues continuará determinando el uso y la distribución de recursos e incidiendo sobre la creación de riqueza y de oportunidades a lo ancho del planeta.

Sin embargo, el andamiaje regulatorio internacional actual en materia de comercio es inherentemente incoherente y se caracteriza por diversos grados de desorden y desalineamiento en relación con los principios cardinales del sistema multilateral constituyente de la OMC. Los acuerdos que lo componen están marcados por una historia mercantilista de negociaciones en la que han prevalecido el poder económico e intereses privados o sectoriales. El resultado es que principios clave tales como la no discriminación y las disciplinas multilaterales coexisten con una multitud de exenciones, una maraña caótica de acuerdos arbitrarios y excluyentes, y acomodos que usan la dispensa frente a las sensibilidades de las grandes economías y los socios comerciales tradicionalmente más importantes.

Esta complejidad y las brechas en el sistema de gobernanza del comercio exacerban las asimetrías fundamentales en materia de información, conocimiento y capacidad entre las naciones, lo cual perjudica particularmente a los más débiles. Más aún, el bien público global, constituido por los principios y las reglas multilaterales, se está despreciando cuando se hace más necesario. La comunidad mundial obraría con acierto si utilizara la crisis actual como una oportunidad para fortalecer la gobernanza del comercio, un factor esencial en el rescate de la confianza. A este respecto, las medidas que tomen los jefes de Estado del G-20, o del propuesto Consejo Económico Global de la ONU, acerca de los aspectos que se explorarán a continuación, nos ayudarán a encaminarnos en una dirección generativa de cambio.

Evitar la osificación de la OMC

Es necesario reavivar el espíritu y la letra de los tratados que establecen la OMC, asegurándose de que la arquitectura institucional concebida para los acuerdos vigentes opere eficaz y separadamente de los arreglos ad hoc creados para las negociaciones.

En términos formales, esto es lo que por lo general acontece, pero no en la práctica diaria. La situación óptima sería que funciones críticas del sistema tales como la solución de diferencias, el monitoreo y la vigilancia y el debate sobre políticas, estuvieran infaliblemente aisladas de las negociaciones. Sin embargo, durante la Ronda Doha, las negociaciones no sólo han relevado a la Conferencia Ministerial y los mandatos de revisión y prescripción de varios comités, sino que en efecto se han apoderado de algunos de ellos.

Algunas funciones del sistema, tales como la definición de materias sujeto de atención y el cumplimiento de las notificaciones y otras obligaciones, requiere la operación cabal de los organismos creados para tales fines. Cualquier cosa por debajo de eso resulta en el deterioro de las disciplinas actuales, impide la evolución de los tratados en materia de reglas y mantiene a la OMC sin la preparación necesaria para enfrentar los retos y las prioridades globales. Un primer paso en dirección correctiva, sería convocar una Conferencia Ministerial que cumpla sus funciones de supervisión, reflexión y deliberación y planificación estratégicas, y que además pase revista al estado de las negociaciones de la Ronda Doha.

Instituir una custodia global del régimen de comercio internacional

El régimen actual es un sistema caótico, compuesto por cientos de acuerdos comerciales bilaterales y plurilaterales, de tipos y coberturas diferentes, además de la OMC, que ha fallado de manera lamentable en darle coherencia o disciplina a la proliferación del fenómeno de las preferencias. De hecho, son pocos los gobiernos con capacidad de comprender las ineficiencias y los costos que esa madeja de acuerdos impone sobre los desafíos globales.

La simplificación y el esclarecimiento de esta compleja arquitectura es un paso necesario para minimizar el riesgo y optimizar la gobernanza global, contribuyendo a la restauración de la confianza en la economía mundial. Un paso simple, que consolide la tarea de encontrar formas de coexistencia mutuamente solidaria, o un esquema diferente que engendre mayores rendimientos en el bienestar global, sería la creación de un Equipo de Trabajo Global de Ministros que asuma el análisis de racionalización en coordinación con la Conferencia Ministerial de la OMC. Dicho equipo consultaría con los grupos interesados en cuanto a las posibles opciones. Como en el caso del tema anterior, la participación activa de los ministros es esencial para producir el cambio.

Finalizar lo urgente e importante de Doha

Ya sea que atribuyamos las dificultades de la actual Ronda al diseño mismo de los términos de negociación recíproca, a la dinámica de la economía política que rodea los asuntos en negociación, o a los cambios en la geografía y el poder comercial, el hecho es que se han producido enormes transformaciones en la economía mundial sin que los países hayan sido capaces de alcanzar un acuerdo. En esta época de convulsión, dar un paso hacia atrás en el enfoque mercantilista de las negociaciones puede ser de gran ayuda. Por ingenuo que parezca, el gesto de facilitar la implementación de acuerdos ya negociados y listos, pero no disponibles debido al compromiso del “todo único”, contribuiría a la restitución de la confianza. Un caso en concreto es otorgarles desde ya a los países menos adelantados acceso al mercado libre de aranceles y contingentes para todo tipo de productos: una decisión adoptada y en suspenso desde la Conferencia Ministerial de Hong Kong a finales de 2005.

Actuar donde duele más y donde sea más eficaz

Además de ofrecer paquetes de estímulo en las grandes economías, es imperativo alcanzar un acuerdo concreto para financiar programas de Ayuda para el Comercio. Diseñado paralelamente a la Ronda de Doha, el financiamiento dirigido a posibilitar que los países pobres se ajusten a la liberalización del comercio y participen de lleno en el sistema comercial, es tanto una acción urgente como un elemento esencial a largo plazo para una buena gobernanza del comercio.

Un sistema de comercio verdaderamente universal, centrado en la OMC, no puede funcionar efectivamente con miembros estructuralmente tan diversos en cuanto a capacidad institucional necesaria para sacarle provecho. Mucho menos con respecto a las divergencias de aptitud institucional para servirse de las herramientas contempladas en los acuerdos, tales como salvaguardias, medidas antidumping y compensatorias, o el uso del mecanismo para la solución de diferencias. Sería jugar sucio no remediar la situación proveyendo los medios a los países que no pueden mantener tales instituciones. En este sentido, hay dos pasos inmediatos que la cooperación entre líderes puede dar ahora: a) poner fondos a disposición de los programas de Ayuda para el Comercio a través de canales eficientes; y b) progresar en la formulación de mecanismos que garanticen una distribución duradera, eficiente y eficaz de tales recursos. No hacerlo acarrea riesgos a la seguridad económica y la sostenibilidad globales.

Encaminarse hacia una economía baja en carbono

En los escenarios más optimistas, tras uno o dos años largos, quizá en meses, la crisis financiera se habrá superado. Pero la crisis del cambio climático, del agua y la energía persistirá. Un esfuerzo global eficaz para enfrentar el cambio climático requerirá no menos que una transformación fundamental de nuestras economías y de las formas en que utilizamos la energía. Enfrentar el cambio climático requiere la internacionalización de los costos del carbono, lo cual tendrá efectos considerables sobre qué producimos, dónde lo producimos, qué comerciamos y cómo lo comerciamos. Para que la cooperación internacional orientada hacia una economía baja en carbono sea eficaz, los marcos reglamentarios internacionales de comercio deben apoyar este esfuerzo.

En este momento una grave realidad se ha sumado: la caída de los precios del carbono, frente a una demanda decreciente de energía, repentinamente ha revelado las debilidades de las herramientas de mercado que se han concebido para ocuparse de la internalización mediante el comercio de derechos de emisión. Hay dos medidas que parecen posibles ahora: a) el compromiso de todos los gobiernos por abstenerse de políticas nacionales de cambio climático que, motivadas en la competitividad y no en la búsqueda de cumplir objetivos de reducción de carbono, puedan perjudicar a otros; y b) apoyar un “Green New Deal” como parte de los paquetes de estímulo fiscal que se están diseñando. El apoyo financiero debe presentarse en forma de asistencia adicional para los programas de los países en desarrollo que beneficien el medio ambiente global y simultáneamente generen empleos y actividad económica.

Para los responsables de la formulación de políticas será tentador esperar a que mengüe la tormenta financiera antes de volcar su atención sobre la descarbonización de la producción y el uso de la energía. Pero ceder a esa tentación sólo sembraría las semillas de una crisis futura ante la cual la actual parecería benigna. Los grandes cambios y transformaciones requieren respuestas de la  misma magnitud, lo que no constituye una excepción para el caso de la gobernanza económica mundial. El presente clama por ellas y por el coraje necesario para recuperar el control de nuestro futuro. Como dijo recientemente el Presidente Obama acerca de la necesidad de una legislación sobre el clima, “no podemos esperar”.

*Fundador y Presidente Ejecutivo del International Centre for Trade and Sustainable Development (ICTSD).  Director de la serie de publicaciones periódicas BRIDGES.

One response to “Recobrar la gobernanza del comercio: imperativo en la reducción de riesgos globales”

  1. Carmen Vega

    Comparto los terminos de este articulo, quines mas perjudicados estaremos somos los paises en desarrollo.

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